PSICOLOGÍA DE URGENCIAS Y EMERGENCIAS: ¿MITO O REALIDAD?

INTRODUCCIÓN HISTÓRICA

 

El interés por la atención a víctimas de desastres se inicia a partir de mediados del s. XIX, inicialmente desde una orientación básicamente clínica, que irá evolucionando hacia orientaciones psicosociales.

 

Entre los años 1857 y 1885, aparecen las primeras descripciones de sintomatología compleja (angustia, emotividad exagerada, depresión, insomnio, alteraciones de la memoria) en víctimas de accidentes de ferrocarril y de guerra. Estas alteraciones, que se presentaban en ausencia de lesiones físicas evidentes, se atribuían a la conmoción cerebral (“shock nervioso”) y en la terminología de la época aparece denominado como "neurosis traumática"

 

Desde una perspectiva psicosocial, los estudios se inician hacia mediados del siglo XX. Las observaciones del psicólogo William James sobre el comportamiento de víctimas y equipos de socorro en 1906, durante el terremoto de San Francisco resultan un importante antecedente a dichos estudios.

 

Pero lo que marca el inicio de la intervención psicosocial en crisis de la época moderna son los trabajos de Liderman y sus colaboradores, tras el incendio del local nocturno Coconut Grove en Boston (1942) en el que fallecieron 492 personas.

 

Dichos investigadores se centraron en conocer los síntomas psicológicos de los supervivientes (ansiedad, depresión, alteraciones psicosomáticas), en aquellos sujetos que utilizaron la negación como principal mecanismo defensivo, así como el proceso de duelo que atravesaban aquellas personas que habían perdido un ser querido.

 

A través del seguimiento de los familiares de muchas de las víctimas del suceso descubrió, sorprendido, que la mayoría de ellos no habían desarrollado síntomas psicopatológicos, y los que así lo hicieron, afirmaba, era a consecuencia de no haber experimentado el ciclo completo del proceso de aflicción.

 

De este modo, su informe clínico sobre los síntomas psicológicos de los sobrevivientes se constituye como la piedra angular para las teorizaciones subsecuentes sobre el proceso de duelo, una serie de etapas mediante las que el progreso del doliente equivale a aceptar y resolver la pérdida (2). Además aportó un principio esencial en la  intervención en crisis: las personas disponen de una gran cantidad de recursos internos con los que pueden enfrentarse a una crisis súbita en su vida (3) No obstante, en ocasiones, los recursos de afrontamiento del individuo pueden verse desbordados. Destacaron como podían existir profesionales que con su ayuda en el primer momento, podrían prevenir dificultades psicológicas posteriores.

 

Comenzaba así a cobrar relevancia el enfoque preventivo de la intervención en crisis.

 

En los últimos años ha existido y existe una creciente demanda social y política de apoyo psicosocial cuando se produce una situación traumática, especialmente en eventos evaluados como catastróficos, considerados como potenciales generadores de daño psicológico.

 

Ante esta popularización del apoyo psicosocial en catástrofes, se plantea el debate de si realmente es necesario; al fin y al cabo, durante toda la historia de la humanidad se han producido tragedias que conllevaban pérdidas personales y materiales sin que los sujetos implicados contaran con apoyo psicológico. Y es legítimo plantearse dicho debate, ya que efectivamente no todas las personas afectadas por una situación traumática desarrollan sintomatología psicopatológica.

 

Lo que parece estar claro es que, al margen del “eco mediático”, dicha necesidad es genuina; ante cualquier crisis vital, se producen secuelas psicológicas, que remiten en la mayoría de los casos; pero el apoyo psicosocial puede ayudar a reducir la manifestación de dichas secuelas, su severidad y posible cronificación (4) así como la mortalidad.

 

Existen varias razones que avalan la intervención psicosocial en crisis. La primera es la indiscutible aparición de sintomatología psicopatológica en un porcentaje de la población afectada por sucesos traumáticos. Por otro lado la definición de salud de la OMS (1948) indica que es «un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades.», y, por tanto, su restablecimiento incluirá el trabajo en los tres ámbitos. “El dolor puede combatirse con analgésicos, pero la culpa no". (5)

 

Adicionalmente, es de reseñar un aspecto más, relacionado con los países industrializados; la evolución de la sociedad al llamado “Estado del Bienestar” (en la actualidad en grave crisis), ha derivado hacia una sociedad hedonista, que huye y evita el dolor y el malestar.

 

Por ello, se han eliminado muchos de los recursos “tradicionales” que preparaban y ayudaban a la recuperación psicológica tras una situación traumática; por ejemplo, los rituales que acompañan al hecho de la muerte han ido acortándose o desapareciendo (el velatorio se realiza en lugares acondicionados para ello, con tiempo limitado, los periodos legales de baja laboral temporal por fallecimiento de un familiar…, etc.). Es por ello que, cuando ocurre una situación traumática, los individuos no están preparados para ello, y recurren a todo lo que pueden para continuar evitando ese dolor.

 

El presente artículo, tiene como propósito iniciar la aportación de voces autorizadas en la psicología de emergencias para el enriquecimiento mutuo y el desarrollo “proporcionado” de esta especialidad incipiente de la psicología.

 

Para ello, planteamos el debate sobre la necesidad real de la participación de psicólogos en situaciones de crisis. Partiendo de la evolución histórica de la especialidad hasta nuestros días, pasamos a revisar las definiciones más extendidas de crisis. Se exponen también los principios básicos de los primeros auxilios psicológicos (PAP) junto con ciertas recomendaciones y aspectos a tener en cuenta en cualquier intervención en crisis. Finalmente, aportamos una serie de datos que avalan la conveniencia de la participación de los psicólogos en situaciones de crisis de una manera no indiscriminada.

 

Estracto compaginado del artículo escrito por: 

 

Cavanillas de San Segundo, Mercedes.

Psicóloga en Práctica Privada. Docente. Psicóloga Voluntaria en SAMUR-Protección Civil y,

Martín-Barrajón Morán, Pedro

Psicólogo Red pública de Atención Social a personas con enfermedad mental grave y duradera. Docente. Psicólogo Voluntario en SAMUR-Protección Civil

 

 

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PSICOLOGÍA DE URGENCIAS Y EMERGENCIAS: ¿MITO O REALIDAD?
Artículo escrito por Cavanillas de San Segundo, Mercedes y Martín-Barajón Moran, Pedro, que plantea el debate sobre la necesidad de participación de psicólogos en situaciones de crisis.
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